La propuesta del coreógrafo belga-francés Damien Jalet deslumbró al público del Conjunto Santander con una puesta en escena que convirtió el movimiento en una reflexión sobre el origen, el tiempo, la existencia y la muerte.
Colaboración Especial: Roberto Aguayo
El silencio de la sala se transformó poco a poco en expectativa. La oscuridad inicial, acompañada por sonidos perturbadores, preparó al público para entrar en un universo distinto. De entre la penumbra comenzó a revelarse una enorme estructura escenográfica que recorría el escenario y giraba como una especie de radar astronómico, proyectando una luz que parecía buscar respuestas en el firmamento.
Así comenzó Omphalos, el ambicioso proyecto dancístico del coreógrafo belga-francés Damien Jalet, que logró una respuesta entusiasta del público durante sus presentaciones en el Conjunto Santander de Artes Escénicas.
La obra, construida con la colaboración de un destacado equipo de artistas mexicanos y europeos, propone un lenguaje que va mucho más allá de la danza. En escena, los cuerpos se convierten en materia, energía y movimiento; seres que parecen estar sujetos a las fuerzas del universo mientras intentan encontrar un punto de equilibrio.
Hay tensión, pero también quietud. Hay movimientos que demandan un enorme esfuerzo físico y otros que ocurren con una precisión casi silenciosa. Cada desplazamiento parece responder a una fuerza invisible que atrae, sostiene y, finalmente, devuelve a los cuerpos a su lugar.

Jalet plantea así una reflexión física sobre lo efímero de la existencia humana, el tiempo y la muerte, tomando como punto de partida dos mitos que pertenecen a culturas separadas por miles de kilómetros, pero que encuentran un vínculo en la búsqueda de un centro.
El primero pertenece a la tradición europea y cuenta que Zeus envió dos águilas desde extremos opuestos del mundo. El lugar donde ambas se encontraron determinaría el centro de la Tierra: el omphalos, “el ombligo del mundo”, representado por una roca que, según la tradición, era comúnmente protegida por una serpiente.
El segundo pertenece a la tradición mexica. Guiados por Huitzilopochtli, los mexicas emprendieron la búsqueda de una señal que indicaría el sitio donde debían establecerse: el águila devorando una serpiente sobre un nopal. La imagen que finalmente encontraron marcaría el nacimiento de México-Tenochtitlan. México, de acuerdo con una de las interpretaciones etimológicas tradicionales, significa “en el ombligo de la luna”.
Los bailarines aparecen como seres sometidos a las leyes de la gravedad y de la geometría, pero también atravesados por historias personales. Emergen del supuesto ombligo del universo y hacia él regresan de manera inevitable, mientras el espacio escénico cambia y los sonidos evocan el mundo tecnológico contemporáneo.
El cuerpo se convierte entonces en una especie de mapa. Cada movimiento parece dibujar una trayectoria dentro de un universo donde todo está conectado: la materia, el espacio, la energía y el tiempo.

La propuesta no ofrece una respuesta sencilla. Por el contrario, coloca al espectador frente a una serie de imágenes que pueden interpretarse desde distintos ángulos. El ritual, la ciencia, la mitología y la experiencia humana convergen en un mismo escenario.
Después de contemplar a esos cuerpos luchar contra la gravedad, formar figuras, desplazarse y regresar una y otra vez hacia su centro, queda una pregunta flotando en el espacio: ¿qué lugar ocupa el ser humano dentro del universo?
La respuesta que deja Omphalos es tan poderosa como paradójica: acabamos de observar al ser humano en el centro del universo y, al mismo tiempo, en el centro de la nada; como principio y fundamento de todo aquello que puede existir a partir de una idea, de un mito y, sobre todo, de la imaginación.
En el escenario, el cuerpo encuentra su centro. Fuera de él, queda la certeza de que seguimos buscando el nuestro
