El sol de septiembre caía sobre los paisajes agaveros cuando llegué a Tequila. El aire olía a tierra húmeda y a leña recién encendida. No era un día cualquiera: el Concurso Mundial de Bruselas, el certamen más prestigioso de destilados en el planeta, había decidido celebrar en Jalisco su edición 27. Y aunque vinieron jueces y muestras de 70 países, lo que realmente se percibía en cada rincón era la certeza de que esta tierra ya es, por sí sola, un epicentro mundial.

Hacienda Cuervo La Rojeña abrió sus portones y el murmullo de la gente se mezcló con el crujir de los viejos pisos de madera. Ahí, entre barricas, se presentó la “Reserva de la Familia”, un tequila que nació como un secreto íntimo hace tres décadas y que hoy se comparte con el mundo.

Araceli Ramos Rosaldo, con una sonrisa franca, nos habló de ese proceso casi sagrado: diez años en campo, cinco en barrica. Mientras escuchaba, pensé en el jimador que arranca el agave bajo el sol y en la paciencia que requiere cada botella. Entendí entonces lo que ella repetía: “más que un trago, es una experiencia”.

Por la noche, en Hacienda Centenario, los jardines se iluminaron con luces cálidas. Un mariachi acompañaba la velada mientras los meseros llevaban charolas con margaritas, palomas y vampiros. En las mesas aparecieron tamalitos de flor de calabaza en salsa poblana y, de postre, un pay de elote con helado de cajeta. Era imposible no pensar en la cocina mexicana como un abrazo que viaja de generación en generación.

El concurso no solo fue competencia, también un pretexto para descubrir caminos. Se presentaron dos rutas turísticas: la de Los Altos de Jalisco y la del Valle del Tequila. Ambas buscan mostrar que detrás de cada copa hay pueblos con mercados, templos, museos, zonas arqueológicas y paisajes reconocidos por la UNESCO.

Michelle Fridman Hirsch, secretaria de Turismo, lo dijo sin rodeos: “Si ya somos famosos por el mariachi y el tequila, tenemos que mostrar también la raicilla, el vino y nuestra gastronomía”. Sus palabras sonaban a promesa de futuro, pero también a invitación inmediata.

El Concurso Mundial reunió más de 2 mil 800 destilados, 86 empresas y 30 productores. Los jueces cataron, evaluaron y decidieron medallas, pero los que estuvimos ahí nos llevamos algo más: la certeza de que cada sorbo de tequila cuenta una historia de tierra volcánica, de manos curtidas, de paciencia y de orgullo.

Mientras la música del mariachi llenaba la noche y los invitados brindaban, entendí que en Jalisco levantar una copa nunca es un gesto vacío: es honrar la memoria de un pueblo y abrir las puertas del mundo a su cultura.

(Colaboración: Carolina Vallejo – Fotografías: María Fernanda Castellanos)