La noche de ayer, el Conjunto Santander de Artes Escénicas abrió sus puertas a una de las piezas más emblemáticas del teatro universal: Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, en una puesta en escena que conquistó al público tapatío con la fuerza de sus actuaciones y la sobriedad de su propuesta escénica.
Bajo una escenografía austera —un escenario de madera cruda y utilería mínima—, la producción apostó por dejar que la palabra y el gesto fueran los verdaderos protagonistas. Una maleta transformada en escritorio, una puerta convertida en baño de vapor: recursos simples que trasladaron al espectador al corazón de Nueva Orleans, donde se desarrolla este drama de pasiones, violencia y supervivencia.
La iluminación desempeñó un papel fundamental. Un entramado de luces suspendidas en el techo envolvió al elenco de 11 actores en atmósferas de calidez y tensión, enmarcando con precisión cada silencio, cada mirada y cada estallido emocional.

En el centro de esta propuesta se encuentra Marina de Tavira, quien vuelve a encarnar a la frágil y compleja Blanche DuBois, donde su interpretación, vulnerable y desgarradora, dialoga con la rudeza de Stanley Kowalski y la complicidad contenida de Stella, en un triángulo que refleja los choques de clase, género y poder. Blanche es el símbolo de un viejo sur aristocrático en decadencia, mientras que Stanley encarna un mundo más brutal y pragmático.
La obra, de 170 minutos de duración, no rehúye la crudeza de sus temas: el machismo, la violencia doméstica, la codependencia y el deseo como fuerza destructiva. Todo ello se entrelaza con la lucha de Blanche por aferrarse a las apariencias y escapar de un pasado que la condena, refugiándose en ilusiones y en preguntas vanas sobre su aspecto, como si la belleza pudiera redimirla.
Estrenada en 1947, Un tranvía llamado deseo obtuvo el premio Pulitzer un año después y, desde entonces, ha marcado un antes y un después en la dramaturgia contemporánea. Su adaptación cinematográfica de 1951, dirigida por Elia Kazan y protagonizada por Vivien Leigh y Marlon Brando, se convirtió en un clásico del séptimo arte.

La versión que llega ahora a Guadalajara, con dirección sobria y actuaciones de alto nivel, demuestra que la obra de Tennessee Williams conserva intacta su potencia escénica. Más de siete décadas después, el deseo, la violencia y la fragilidad humana siguen siendo espejos vigentes que interpelan al espectador.
Un Tranvía Llamado Deseo tendrá una segunda función este viernes 21 de agosto, en la Sala 2 del Conjunto Santander.
